Política educativa y cultura digital

La crisis educativa en México es multifactorial. Tratar de reducir su complejidad a una variable o a un actor es peligroso y falaz. La política educativa requiere de un abordaje integral de todas las dimensiones que involucran el proceso educativo, el contexto económico, político, tecnológico, sociocultural e institucional, y las condiciones del aprendizaje en nuestra era. Bajo esta premisa, queremos retomar en este texto solamente una de esas tantas dimensiones acerca de las cuales sería necesario reflexionar de manera crítica y profunda al momento de diseñar una política educativa orientada a sacarnos del marasmo educativo en el que nos encontramos: la tecnológica. Para ello, revisaremos bajo qué fundamentos se construye la sociedad del conocimiento, qué implicaría el desarrollo de una cultura digital que abone a la generación de conocimiento y, como caso, la manera en que se plantea la incorporación de las tecnologías en el nuevo Modelo Educativo 2016 propuesto por la SEP.

La sociedad del conocimiento
Existen varias maneras de referirnos al momento que vivimos: sociedad de la información (Masuda, 1981), sociedad del conocimiento (Drucker, 1993), sociedad red (Castells, 1996), Cuarta Revolución Industrial. Si bien los términos responden a un marco de referencia distinto en cada caso, estas visiones comparten la relevancia atribuida a la producción de información y conocimiento como eje rector para la acumulación de capital (Vercellone, 2007) y el papel central que las tecnologías digitales juegan en este proceso (Castells y Cardoso, 2005). Una sociedad que quiera insertarse en el mapa de la producción de conocimiento global, debe generar condiciones para que el talento y la creatividad de sus habitantes se acompañe de infraestructura, programas, recursos y redes, que den como resultado descubrimientos, desarrollos, avances relevantes en el campo científico y tecnológico.

Una política ejemplar fue la establecida en el año 1999 por Corea del Sur a través de su programa de I+D “Frontera del Siglo XXI”, puesto en marcha como parte de un plan nacional llamado “Visión a Largo Plazo para el Desarrollo de Ciencia y Tecnología hacia 2025”. Entre los campos prioritarios estaban la nanotecnología, la tecnología espacial y la biociencia. En 2003 otro plan paralelo se enfocó en el desarrollo de las industrias del futuro, como la biomedicina y la robótica (CNRS, 2008). Una elevada inversión en I+D, una población muy calificada gracias a un plan educativo sistémico y a largo plazo, buenas condiciones para la innovación y fuerte infraestructura tecnológica son algunos de los factores que explican el caso coreano.

Si bien su modelo puede cuestionarse y tampoco significa que sea perfecto, una lección que nos deja el caso coreano es la certeza de que una política de I+D, requiere de una política educativa congruente, que coloca a la educación como prioridad y le atribuye un alto valor social y cultural. En este sentido, los desafíos de la educación en México son enormes, puesto que los procesos de aprendizaje se enmarcan en un contexto social, político, económico, institucional y tecnológico adverso en el que no se valora la educación, ni sus agentes. Para que la educación se convierta en motor del cambio y del buen vivir debemos resolver los problemas que afectan de raíz nuestras posibilidades de aprender y nuestra capacidad de generar conocimiento.

Las políticas educativas deben asegurar la equidad en las condiciones de aprendizaje y promover un modelo de sociedad en el que seamos capaces de generar condiciones óptimas para que el talento de su gente pueda contribuir a la sociedad. Sostenemos que para evaluar una política educativa deberíamos preguntarnos: ¿Qué sentido tiene el aprendizaje en la sociedad del conocimiento?¿Cómo este nuevo entorno tecnosocial transforma la educación y nuestra comprensión del aprendizaje?¿Qué modelo educativo es el más adecuado para mejorar el aprendizaje en nuestro actual entorno? ¿Cómo se asocian las propuestas pedagógicas y educativas a la tecnología y al sistema de producción de conocimiento nacional y global? (Ricaurte, 2016a)

Tecnologías y culturas digitales
Las tecnologías digitales constituyen un conjunto de dispositivos capaces de generar, registrar, procesar, transmitir o desplegar información representada en valores matemáticos discretos: ceros y unos. Las cadenas de código binario son bits que se agrupan en bytes para representar los datos como números, letras imágenes o sonidos. La revolución digital iniciada en los ochenta, representa el tránsito acelerado de las tecnologías analógicas a las digitales, lo que ha traído numerosas transformaciones para la vida cotidiana de miles de millones de personas alrededor del mundo.

Entre los más importantes desafíos que acompañan la revolución digital se encuentra la necesidad de desarrollar una cultura digital que nos permita sacar el mayor provecho de los avances tecnológicos y minimizar sus riesgos. Hablar de cultura digital significa hacer referencia al conjunto de prácticas y procesos socioculturales detonados por el desarrollo de las tecnologías digitales en la era contemporánea. La cultura digital da pie a “un conjunto de valores, prácticas y expectativas acerca de la manera en que las personas se comportan e interactúan en la sociedad red” (Deuze, 2006). Se define por la materialidad de los dispositivos y artefactos que se encuentran en simbiosis con la construcción de sentido, las representaciones sociales, los imaginarios, la identidad. Por tanto, las tecnologías digitales dan lugar a procesos simbólicos y materiales que reconfiguran los sistemas de producción, circulación y consumo de información (Castells, 2010) y a su vez transforman las instituciones y las prácticas sociales. (Ricaurte, 2016c)

Una cultura digital crítica implicaría comprender el ecosistema tecnosocial en el que vivimos y promover prácticas que puedan ubicarnos en el mapa de la sociedad del conocimiento. Por ejemplo, significaría ser capaces de identificar los actores que lo componen y los intereses que están en juego: por una parte, las corporaciones que desarrollan, ofrecen acceso o servicios tecnológicos; por otra, los gobiernos que diseñan políticas públicas que demarcan el acceso y la apropiación tecnológica; y, por otra, los usuarios, que a través de sus prácticas cotidianas generan procesos de apropiación (crítica o acrítica) de esas tecnologías (Ricaurte, 2016c).

Estos actores se inscriben en un escenario en el que es importante entender las complejas relaciones entre el sistema económico, los sistemas de producción de conocimiento, los sistemas mediáticos y las infraestructuras tecnológicas (Morozov, 2013). Si comprendemos la lógica del funcionamiento de la producción de capital a través del conocimiento, entonces estaremos en capacidad de asumir una visión que nos permita actuar en consecuencia a través de la definición de políticas públicas y compromisos ciudadanos.

En un escenario ideal, las políticas públicas en torno al desarrollo científico y tecnológico y las políticas educativas deberían alinearse para promover una cultura digital que fomentara la comprensión profunda de la tecnología y de los fenómenos tecnológicos en el marco de los contextos sociales locales y globales. De esta manera podríamos aspirar a que como ciudadanos utilizáramos estas herramientas para crear, innovar y vivir mejor. Sin embargo, en la historia de nuestro país las políticas públicas se han limitado a los planos del acceso y de la alfabetización digital, entendida como navegación básica y manejo de paquetería de Office, o, en el mejor de los casos, a la posibilidad de acceder a algún tipo de educación en línea.

No obviamos las necesidades básicas en este sentido, sin embargo, llama la atención que en las políticas públicas se preste tan poca atención a la creación de infraestructuras que permitan el desarrollo tecnológico propio (hardware, software) con programas y recursos que nos permitan ser creadores de tecnología y no meros consumidores, una condición que nos subordina y perpetúa nuestra dependencia económica, tecnológica y de conocimiento. Aquí es donde la educación tendría que embonarse con una visión de país hacia el futuro, con una educación y una cultura digital que trascienda el consumo de hardware y software privativo y que invite a los usuarios a ocupar la tecnología más allá de las operaciones básicas de comunicación, manejo de información y entretenimiento, que son, sin duda indispensables, pero insuficientes si queremos como país proyectarnos hacia el futuro.

Modelo educativo 2016
En la propuesta de Modelo Educativo 2016 presentada por la Secretaría de Educación Pública (2016) se hace referencia a los fines de la educación establecidos en la Constitución: “el desarrollo armónico de todas las facultades del ser humano”, “formar a los estudiantes en la convicción y capacidades necesarias para contribuir a la construcción de una sociedad más justa e incluyente, respetuosa de la diversidad, atenta y responsable hacia el interés general” y menciona que “la sociedad del conocimiento exige de las personas mayor capacidad de interpretación de fenómenos, creatividad y manejo de la información en entornos cambiantes”.

El documento hace referencia a la sociedad del conocimiento y sus desafíos, las competencias que requerimos en este nuevo contexto, la necesidad de incorporar los avances tecnológicos, la necesidad de un adecuado manejo de la información; sin embargo, no explica cómo se espera conseguir ese propósito y tampoco muestra una visión que enfatice la necesidad de crear conocimiento. No se define una propuesta pedagógica (o ciertos marcos pedagógicos de referencia) para la incorporación de las tecnologías y cómo permitirán alcanzar las competencias referidas. No se habla de una cultura digital, ni de la incorporación de ambientes de aprendizaje en entornos digitales abiertos como parte de la práctica pedagógica (Ricaurte 2016a, 2016b). Se habla de disciplinas, pero no se cuestiona el sistema disciplinar ni se incorporan nuevos campos del saber que hoy son fundamentales: programación, electrónica, robótica, por poner algunos ejemplos, o campos híbridos que articulen las ciencias con las artes, las humanidades con la computación o la electrónica con la producción textil u otros dispositivos portales (electronic textiles, wearable technology). Son solamente algunos ejemplos para abrir la discusión.

La referencia a las tecnologías digitales en el Modelo Educativo 2016 es frecuente, sin embargo, se insertan en frases que destacan el acceso a la información y a la educación, como por ejemplo: “El modelo educativo […] también debe considerar el uso de las tecnologías de la información y la comunicación, no sólo con el fin de desarrollar la destreza técnica que implica su manejo con solvencia, sino sobre todo para su utilización con fines educativos”, “usar efectivamente las tecnologías de la información”, “aprovechar el potencial de las tecnologías de la información y la comunicación para cerrar brechas en el acceso a materiales y contenidos de calidad para todos”, “En cuanto al uso de las tecnologías de la información y la comunicación, es necesario consolidarlas como un medio para ampliar el acceso a oportunidades educativas de calidad y disminuir la desigualdad educativa”. (SEP, 2016)

Si no definimos qué estamos entendiendo por “uso eficiente”, “destreza técnica”, “manejo con solvencia”, “acceso a materiales y contenidos de calidad” y tampoco apostamos por ir más allá de lo básico, ni cuestionamos qué tipo de tecnología teneos que usar de manera eficiente y para qué, a qué tipo de información debemos acceder y cómo, entonces estamos reduciendo la comprensión de lo tecnológico. ¿Qué computadoras debemos manejar con solvencia?¿Qué software?¿Con qué propósito?¿Información producida por quién?¿En dónde? La tecnología no es neutra. Tampoco su uso.

Conclusión
No cabe duda que en términos tecnológicos el primer desafío es el acceso y la conectividad. México es el país de la OCDE con la más baja penetración de Internet (Internet World Stats, 2017). Sin embargo, también debemos de hablar de la calidad de la conexión y de las políticas que fomenten el desarrollo de infraestructuras comunitarias. La inclusión digital es esencial. El acceso a la información es un derecho. Sin embargo, de manera paralela, debemos ir construyendo no solamente un discurso, sino un auténtico cambio de paradigma ante un mundo que no nos espera.

Requerimos políticas educativas y pedagogías que apuesten por una cultura digital crítica, libre y abierta que nos permita desarrollar capacidades para solucionar los problemas que nos afectan. No necesitamos políticas públicas que impliquen nuevas servidumbres tecnológicas e informativas. Ser parte de la sociedad de conocimiento significa tener la capacidad de producirlo. En tanto no abandonemos la cultura de reproducir y consumir conocimiento y tecnología, ni cuestionemos cómo la tecnología se inserta en las relaciones económicas y de poder, difícilmente podremos generar las condiciones que permitan enfrentar los complejos desafíos que tenemos como sociedad.

Referencias
Masuda, Y. (1981). The Information Society as Post-industrial Society. Bethesda, MD: World Future Society.
Drucker, P. F. (1993). The rise of the knowledge society. The Wilson Quarterly, 17(2), 52-71.
Castells, M. (1996). The information age: economy, society and culture. The rise of the network society (Vol. 1). Oxford: Blackwell.
Castells, M.& Cardoso, G. (Eds.) (2005). The Network Society: From Knowledge to Policy. Washington, DC: Johns Hopkins Center for Transatlantic Relations.
Deuze, M. (2006). Participation, remediation, bricolage: Considering principal components of a digital culture. The Information Society, 22(2), 63-75.
Ricaurte, P. (2016a). Pedagogies for the Open Knowledge Society. International Journal of Educational Technology in Higher Education. 3:32 Doi10.1186/s41239-016-0033-y Disponible en: http://link.springer.com/article/10.1186/s41239-016-0033-y?view=classic
Ricaurte, P. (2016b). Wikipedia as an open learning environment. Comunicar 24 (49). DOI: 10.3916/C49-2016-06 Disponible en https://www.researchgate.net/publication/305643046_Wikipedia_as_an_Open_Learning_Environment
Ricaurte, P. (2016c). Cultura digital y participación ciudadana. En Cultura Urbana para la Inclusión Social en América Latina. Madrid: SEGIB. (En prensa).
Secretaría de Educación Pública. (2016). Modelo Educativo 2016. México: SEP. Disponible en: http://www.gob.mx/cms/uploads/attachment/file/118382/El_Modelo_Educativo_2016.pdf
Vercellone, C. (2007). From formal subsumption to general intellect: Elements for a Marxist reading of the thesis of cognitive capitalism. Historical Materialism, 15(1), 13-36.

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